jueves, 3 de mayo de 2012

Fantasias - "(dis)Fantasía junto al Guadalquivir"

Estaba pasando el verano en la ciudad, intentando mantener una precaria una rutina mientras las calles se derretían a fuego lento y esperando a que la noche cayese del cielo para asaltar la vida nocturna. Era algo de lo más desestructurante, ciertamente, aunque visto con la sana distancia que otorga el paso del tiempo, no dejaba de tener su nosequé evocador: Estar un martes de Julio tomando chupitos en el ominoso Gilles de Rais o un jueves bailando Doo Woop en el Canalla mientras allá fuera, aún en lo profundo de la madrugada, los termómetros estaban a punto de estallar, era algo no exento de fantasía.

Fue un verano pasado por alcohol. Bebíamos y bebíamos. Por la tarde, en los descansos del curso,que a veces los prorrogaba  hasta el punto de no volver hasta el dia siguiente, por la noche, por la madrugada, en casa, en la calle: El alcohol era el motor, el empaste, el acicate de los planes, el bálsamo contra la abulia, el indispensable atrezzo de aquel caótico trimestre, en suma. Así pues, y como era de esperar, esta historia da comienzo dónde tantas otras: En la barra de un bar.

- Pues sí, llevo tintorro en el maletero. Por sí queremos acercarnos allí. 

Chuso estaba padeciendo un verano harto similar al mío, con el agravante de que el ni siquiera tenía unas obligaciones que atender. Su día a día era una especie de nebulosa empapada en bebercio que bien podía acabar a las seis de la mañana de un lunes y reanudarse a las cinco de la tarde del día siguiente, con idénticos objetivos que en la jornada anterior. Cómo consecuencia del limbo existencial en el que nos hallábamos, quedábamos con asiduidad, casi todos los dias. La falta de planes era la norma, guiando el rumbo de las noches en función de nuestros apetitos etílicos de cada momento y encaminando nuestros pasos a los lugares donde mejor podían saciarse. Aunque esa noche, parece ser, se atisbaba una rendija de luz, a saber: La posibilidad de contemporizar con unos proscritos como nosotros, otros condenados a pasar el verano sin salir de la ciudad, tan deseosos de oxigenar su viciada agenda de contactos como nosotros. Sin embargo, el plan ofrecía sus vetas de oscuridad
No eran exactamente colegas nuestros. Ni míos ni de Chuso. A esos, los vacaciones los habían alejado de nuestro radio de acción, marcado por la dejadez y un cierto ánimo de autodestrucción. Más bien eran conocidos, colegas-de-un-colega de Chuso. Más bien, afinando, el contacto era un sólo tipo, Marco, que vendría acompañado de su consiguiente patulea.

El lugar elegido tampoco era especialmente tranquilizador: Las profundidades de 'la botellona', esto es, la kilométrica y gastada franja de cemento que discurre en paralelo al río, al otro lado del cual, a la caída de la noche, brillaban las luces de lo que fue Expo Universal, como un recordatorio de lo que Sevilla pudo haber sido y jamás fue.El escenario, de por sí deprimente, era definitivamente letal un día entre semana y a los consabidos junkies fugaces, parejas ocultas en las sombras y ocasionales coches patrulla había que sumar un absoluto clima de desolación cuasi-nuclear, que hacía que sinitiéramos restallar cada paso que dábamos, y perder confianza en encontrar a nadie a medida que nos acercábamos al objetivo. Pero, cómo no podía ser de otro modo, llegamos.

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La primera impresión fue de una claridad diáfana, realmente,y una vez pasado ese punto, ni Chuso ni yo podíamos alegar que no sabíamos lo que había. Y si decidimos sentarnos y desempacar nuestra carga de vino barato fue por una simple cuestión de decoro, por no pasar de largo de aquello y tomar la escalinata más próxima que nos llevase de vuelta a la civilización.

Marco era simpático como el que más, pero también un mentiroso redomado, o eso indicaba la proporción que teníamos a la vista, esto es: Una chica flanqueada por algo así cómo siete tipos, cuya mayoría, a decir verdad, le prestaban la misma atención que habría recibido alguien pasado de coca en el baño del Corto Maltés.

El grupo, bajo una mirada superficial, era variopinto: Un par de rollizos muchachos de aspecto agitanado y franca conversación, algún militante de la escena punk, un estudiante de aspecto atlético y modales exquisitos, un chaval de aspecto emo... Y ella.  Sin embargo, al calor del trasvase de rondas de vino de cartón con naranja, cualquiera con un mínimo de intuición iría viendo claro el nexo que unía a tan peculiar composición humana, a saber: Una profunda depravación y falta de principios éticos. Su rutina era la sordidez. Contaban ufanos historias que otros habrían guardado en lo más profundo de su psique, y aunque a veces uno notaba como se les iba la mano con la literatura, era innegable que al fondo de todo aquello latía el corazón de la verdad.

Sin embargo, no todos eran así. No, el muchacho emo no era uno de ellos, no encajaba. Tendría unos 17 años (siendo con mucho el más joven de la reunión) y su expresión se debatía entre la incomodidad, la pesadumbre y la inocencia corrompida. Evitaba cruzar mi mirada con la suya, porque su gesto, en un mal día, podría hacerte llorar. Era como un niño perdido en la puerta de un colegio, ni siquiera lo recuerdo bebiendo. ¿Qué diablos se le había perdido allí?

A ninguno de los presentes parecía dárseles un ardite tales cuestiones. Bebían -bebíamos- a ritmo constante y pendenciero, y las conversaciones, azuzadas por los grados, comenzaban a mostrar las cartas de cada uno. La sórdidez dominó la temática de las charlas y la gente empezaba a escupir sus letanías: El que fue infiel, al que le fueron infiel, el que se jactaba de haber dividido su cama de manera que 3 parejas pudiesen hacerlo a la vez, el que era hetero pero un día no lo fue... Hasta el estudiante tuvo sus 5 minutos de gloria, cuando confesó que una vez le fueron tan mal dadas que acabó viendo una peli porno transexual. Sin embargo, todo quedó en agua de borrajas cuando ella tomó la palabra. Sus apremiantes palabras de apertura permanecen indelebles en mi memoria:

- Eh, eh! Qué yo he partido dos pollas, cuidao!

Lo vociferó en un tono de clara autovindicación, como el abogado que presenta los diplomas de su despacho, cómo el músico que te da la chapa con su colección de instrumentos. El orgullo iluminaba sus pupilas: Aquella era su gesta, su hazaña, haber enviado a dos pobres diablos al hospital tras una improvisada y furtiva operación de fimosis. Aquel sinposio hizo que, por vez primera, detuviese mi vista en ella.
  
Ella, en otro momento, lugar, y espacio, podría haber sido una mujer guapa. Pero su atractivo estaba terriblemente degradado, jalonado por un rostro cansado, un puñado de tatuajes baratos y una llamativa barriga cervecera que mostraba sin ningún pudor. El conjunto era algo así como un chicle mil veces masticado que ha perdido todo lo que algún día le hizo apetecible. Tendría un par de años más que yo, pero la caída de sus ojos delataban un recorrido algo mayor que el mío.

El resto de su intervención fue una mareante sucesión de fluidos, posturas, tios que le pegaban, tíos a  los que pegaba, anécdotas rayanas a la zoofilia y todo un marasmo de datos biográficos que me convencían minuto a minuto de que no tocaba a la piva esa ni con un palo.

Cuándo su relato había pasado a ser para mí una suerte de hilo musical distante con ocasionales ramalazos disgusting y había retomado mis conversaciones con Chuso y Marco, justo entonces, surgió un hilo, una voz quebrada, un susurro al que había que prestar toda la atención para descifrar lo que decía:

- Y-yo creo que ya vale... ¿No?

En efecto, era el. El chico de aspecto emo tomaba la palabra por vez primera en la noche y no hacía falta tener piso en Baker Street para darse cuenta de que lo que acababa de tener lugar era un intento desesperado por su parte de reconducir a su.... chica.

Pobre. No se había dado cuenta. No sólo de que el no era nadie en aquella reunión y que su condición era la de insólito capricho de su parténaire, algo así como el chihuahua que se compran los antiguos politoxicómanos en la recta final de su vida. No. Sino de algo más.

Aquella noche no era de nadie, salvo de ella. Era la noche de la revientapollas. Todo el círculo quedó pringado de su procacidad, de su desencanto, del infinito cansancio con el que rememoraba episodios en teoría placenteros. Nadie podía hacer nada, y menos, mucho menos, aquel pobre maricón. La respuesta no se hizo esperar, y fue tajante:

- Tu a mí no me dices lo que tengo que hacer ¿Me oyes? -Le respondió ella, dando énfasis a su aseveración con un sonoro manotazo en su brazo que hizo tambalearse al chico (harto menos voluminoso que ella) como un junco seco.

Por unos segundos, todo pareció detenerse. Aquello era demasiado patético: El tipo que se la quiere dar de Glenn Ford siendo abofeteado por Gilda ante la atenta mirada de un grupo de degenerados y conocidos eventuales de pocos escrúpulos. Tal fue la tensión, que alguien del grupo hizo por quitarle hierro al asunto, manteniendo la jerarquía, eso sí.

- Venga, tía, compréndelo, es muy chico para ti y tus historias. Hablemos de otra cosa.

Ignoro que clase de mecanismo acción-reacción desató esas a priori inofensivas palabras, cuyo porcentaje de malicia iba destinado, en todo caso, al dedichado emo menor de edad, pero su respuesta fue una inesperada catarsis pasada de rosca.

- Venga, tío, déjame de gilipolleces. Si por vosotros fuera, me follábais uno a uno, estáis deseándolo- Sentenció con vehemencia, sin ningún tipo de ironía, al tiempo que fijaba su mirada alternativamente en Chuso y en mí. Yo no pude reprimir una pequeña sonrisa.

Ella también reía, triunfal. En aquellos momentos uno no podía sentir menos que compasión por ella: Se había montado su propia película, cuyo papel estelar era algo así como ser la reina de un puñado de perdedores suburbanos. Sin embargo, uno de los rollizos agitanados se encargó de bajarla de su nube.

- Jajajaja, ¿pero qué dices tía? ¿Has visto lo gorda que estás?

............

Aquello surtió un efecto inmediato, y quién sabe si excesivo. Ella farfulló algo en su defensa con la voz prácticamente quebrada y se quedó sumida en una suerte de trance cabizbajo, moviendo nerviosamente los pies y mirando compulsivamente hacia los lados, esquivando miradas. La posición del emo en la historia era harto complicada, ya que todos los caminos le llevaban a lo mismo: A tragar. Su novia lo ponía en evidencia, pero aquel tipo que acababa de insultarla también lo ponía en evidencia, y el que hizo por quitar hierro, también lo puso en evidencia... ¿Quién le mandaba salir de su casa? ¿No tenía nadie que velara por su integridad?

Al final, viendo el drama que había desatado, y ante unas rápidas y expresivas miradas que le dedicó Marco, el simpático bromista se decidió a deshacer el entuerto, de una manera muy sui generis, eso sí.

- Venga, mujer, no te pongas así, que estaba de coña. Si yo te follaba ahora mismo.

Y entonces, como en esas películas americanas en las que todos acaban apoyando al héroe solitario, empezaron todos a lorear, progresivamente:

- Yo también, tía.

- Y yo.

- Anda que yo, te daba poca.

En aquel momento de éxtasis colectivo no pude evitar desviar mi mirada al emo. Su gesto era devastador, parecía a punto de llorar, y era notorio que acabaría rememorando aquella noche en el diván de un psiquiatra. 

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Mientras me recargaban el vaso de veneno eché un vistazo al móvil. Si su reloj no mentía, Chuso y yo llevábamos allí algo más de una hora. Sin embargo, tenía tal cansancio mental que daba la impresión de que iba a aparece el sol de entre los destartalados pabellones de La Cartuja de un momento a otro. Aunque mucho me temo que se trataba de una impresión aislada: Para ellos la noche seguía siendo joven. El estudiante-y-ocasional-consumidor-de-porno-trans le inquirió a Chuso.

- Bueno, cuándo terminemos los lotes, ¿Adón...? 

 Parece ser que la sola idea de pasar una noche al raso con aquella gente soliviantó a Chuso más de la cuenta, que saltó como un resorte para proclamar hasta dónde abarcaban sus planes.

- Nononono, yo estoy aquí por esto -dijo, blandiendo poderosamente el cartón de vino- en cuanto se termine me voy!

Se le pueden achacar muchas cosas a esa respuesta, pero no falta de sinceridad. 

jueves, 29 de marzo de 2012

Fantasias - "Police On My Back!"

  Era una de esas noches. Fuera llovía y el viento arreciaba, pese a que la primavera había irrumpido un par de semanas atrás descubriendo sus taimadas e irresistibles cartas. A eso había que sumar una resaca, no por controlada menos problemática y una situación financiera punto menos que irrisoria amén de en relación directa con el agravante anterior. Cuándo estaba a punto de encomendar mi noche a la lectura de un ajado volumen de poesía que me era del todo indiferente, el teléfono sonó y la voz de mi interlocutor, lejos de la más elementales normas de la buena educación, omitiendo toda forma de saludo, bramó:

- Tío, ¿donde estás? Estamos en la puerta y no te vemos.

La puerta. Nunca una descripción tan abúlica de un emplazamiento suscitó tal torrente de recuerdos: Había contraído un compromiso, sí, algo de eso recordaba, era un concierto. O una pinchada. O... Bueno, daba igual, fuera lo que fuese no me iba a gustar del todo porque la batuta del plan la detentaba en esa ocasión el sector más punkarra de mis colegas, unos tipos con los que, a decir verdad, no tenía demasiado en común más allá de estar en una situación vital similar, salir por los mismos sitios, beber la mis... Bueno, bien mirado, si que teníamos cosas en común.

Decidí enderezar el rumbo de la noche aplicando lógica inversa: Si cuándo algo se prepara en exceso fracasa, ¿puede ser posible tener una noche de Fantasía saliendo en mi situación? Habiendo llegado a una determinación, con la mayor firmeza que mi pastosa voz permitía, repuse:

- Claro, que te creías, ¿Qué me había olvidado? Voy de camino, coraçao!

Tras mentir como un bellaco y sin despeinarme, eché mano de mi flamante camiseta de los Cramps  y, quién sabe si a modo de fetiche que me diese fuerzas a lo largo de la noche, al delicioso y kitsch cinturón de leopardo que tantas batallas había librado conmigo.

Una vez en la calle, probé de primera mano las bondades de un tiempo entre pegajoso, húmedo, ventoso y con ocasionales ramalazos de lluvia, que me hizo ir quitándome y poniéndome la chupa sin cesar mientras arribaba al punto de encuentro en cuestión. ¿Y cuál era, si puede saberse?

El emplazamiento no dejó de sorprenderme desde que lo supe. Uno,que es de natural receloso, no dejaba de preguntarse si no había una gran crisis de comunicación de por medio, y realmente me estaban esperando en el otro extremo de la ciudad, ya que el sitio en el que decían estar era del todo inimaginable, a saber: Una casa okupa, en la que había hasta un festival en marcha (A juzgar por la extensión del cartel aquello era la isla de Wight del anarquía-birra-fría) a cinco minutos -a pie- de mi morada, en un barrio sevillí preñado de bares castizos y peñas taurinas. Era tentador imaginarse a un puñado de puretas nativos irrumpiendo en el lugar mondadientes en ristre preguntándose porque coño esos costras escribían todo con mientras sonaba "Rumble" de fondo. Y llegué.

- Hombre, Chuso! Hey, Lucy, ¿al final te has venido, ehh?

Chuso era mi valedor, mi escudero, mi cordón umbilical con aquella subescena, un tipo ducho en conciertos ilegales y movidas underground de diversa laya. Y pese a que en lo musical no teníamos casi nada en común -salvo una admiración desmedida a Motorhead- era uno de mis grandes colegas en aquel infierno, por decirlo en plan épico.

Lucy era como el Guadiana. Aparecía y desaparecía, coordinando milimétricamente su calendario de reapariciones con las fechas de ruptura de sus relaciones. Era de natural interesado, todos lo sabíamos, pero nos daba igual con tal de tenerla por allí. Era más atractiva que despampanante, pero su actitud desenfadada y positiva la consolidaba como un contacto de interés, al menos en aquella época. Habría jurado que Chuso iba tras su rastro en ese entonces, aunque ya se sabe, uno puede fallar en según que vaticinios.

Joder si que has tardado! Vamos a echar un vistazo dentro, a ver qué se cuece. -Dijo Chuso.

- ¿No habías estado antes en ésta, Chuso? -Repuse, extrañado de que aquella agenda cultural subterránea diese el sitio por inédito-

- Qué va, tío, esta la inauguraban hoy -Siempre me pareció curioso el tono oficialista que empleaba para referirse a esa clase de eventos. La inauguraban, decía, como si se cortase la cinta de un hospital o una planta de oficinas-

- Venga, vamos, que hemos dejao a los demás descolocados -Apresuró Lucy, anunciando que dentro estaría el grueso de la tropa, lo cuál, según de quién se tratase, podía ser buena o mala noticia, tan bipolares eran mis relaciones con el grupo-

Y, al fin, entramos.

Debo reconocer que aquello me impresionó, no era la típica okupa industrial, sin magia, de paredes enladrilladas y consignas anarquistas pintarrajeadas por doquier. No. Era la planta baja de una casa señorial del s.XIX, con grandes arcos, techos abovedados y ventanas rotas tras el escenario, que permitían atisbar el enloquecido caos en que había devenido lo que algún día fue un coqueto patio ajardinado. "Cielos, -pensé- vaya un lugar cojonudo para ver a Dead Moon"

Con nuestra llegada, lo que era comedia se había vuelto farsa,y entre los punks, pseurockabillys de extrarradio, perroflautas y demás fauna, se apreciaban gestos torvos y rostros de decepción: La tocata había terminado de manera apresurada, ante el soplo de que la madera se podía personar allí más pronto que tarde. Pónganse en situación, la Sevilla más cofrade y barroca estaba a un punto de renovar su ciclo anual, y el ambiente en según que círculos estaba bastante caldeado: Punks, policías, camellos y junkies eran distintas caras de lo que para un observador neutral suponía la misma moneda, a saber: Problemas. En esas fechas del año era -y es- conveniente andarse con un ojo de más.

La situación se encontraba en un punto de desmorone progresivo,y la gente comenzaba a levantar el campo con parsimonia, saludándose, despidiéndose, ajustando planes para el futuro inmediato e incluso acodándose en la barra y pidiendo unos botellines, opción por la que se decantó el extraño grupúsculo del que formaba parte. Mientras repartíamos los quintos de cerveza helada y escuchábamos el incesante runrún del promotor/"propietario"/camarero del chiringuito despotricando de todo a modo de sonido ambiente -lo que escupían los bafles tenía menos tiro- aproveché para pasar revista al resto de acompañantes que me habían tocado en suerte. Cal y arena.

- Hey, Martín! Dichosos los ojos, siempre que nos vemos pasan movidas, según veo.

- No falla, tío, no falla. Bueno, al menos siempre tenemos historias para contar.

Y es que Martín era un jodido imán para los problemas. Los tenía con todo el mundo: Policías, skins, red-skins, latin kings, junkies, heavys... Yo al principio, inocente de mí, atribuía a una suerte de conexión mística el hecho de que siempre que nos juntábamos acaecían movidas -que con el tiempo degeneraban en anécdota- pero más tarde supe que Martín era de los que se metería en líos aunque saliese de copas con una piedra. Suerte que siempre había un Chuso a mano que le sacaba las castañas del fuego. Pese a que era un buen tipo, el bebercio le confería un carácter bravucón y proclive al desvarío. Con todo, me parecía alguien entrañable y un buen compañero de farra.


- Hey, Xavi.

- Hey, qué tal.

Xavi, au contraire, no era plato de mi gusto. Chocábamos. Y la tensión que había entre nosotros flotaba en el aire cada vez que compartíamos escena. Creo que la razón era que cada uno desaprobaba íntimamente la actitud vital del otro. Para él, colijo, yo era un frívolo, un siervo de los yankees y un flipado; alguien que no se identificaba con ninguna causa remarcable y que llevaba botas de cowboy. Para mí, aseguro, era un subproducto propagandístico, un anarquista antisistema que circunscribía su idea de revolución a poner una estrella roja sobre cualquier bandera que tuviese a mano y un feroz cruzado contra el consumismo que se pasaba las horas muertas jugando a la Wii y que tenía un Mac. Para terminar de remachar la actitud poco consecuente del tipo, se decía y comentaba que, muy a pesar de su actitud  beligerante y decidida, no existía constancia documental de ningún pifioste en el que el tipo hubiese evitado ceder a la tentación de poner pies en polvorosa. Nuestra comunicación se limitaba a intercambiarnos ácidas observaciones e intentar ponernos en evidencia el uno al otro de manera casi constante: Un juego muy intoxicante.

A Xavi le acompañaba Irene, su novia. De ellos podría decirse que eran la versión hispalense y light de Sid y Nancy, dilapidando horas y horas en el arte del boxeo mixto, disciplina en la que me temo que Xavi, el azote de la burguesía, llevaba las de perder.

Al tercer botellín comenzó a hacerse evidente que nos estábamos pasando de listos y que, además, la noche pedía a gritos un cambio de rumbo, del tipo que fuese. Llegó el turno de la ronda de peticiones, en la que la sola idea de alcanzar consenso rayaba en lo utópico:

- La Alameda sería lo suyo - pronunciamos Chuso y yo casi al unísono, sabedores de que aquel era, a priori, el único terreno común en el que todos podríamos operar, así como el lugar en el que se encontraba el 99'9% de la gente que conocíamos.

- La Alameda, lo veo -apostilló Martín con firmeza.

- Eso es lo de siempre, tíos -señaló Xavi, con desdén- lo mejor sería ir a la pinchada esa que hacen en la "Paralela", que lleva unas semanas operando -Vaya, ya estaba el idealista dando la murga y trastocando los planes-

- Eso, eso sí que es un buen plan-Martín acababa de cambiar de chaqueta sin pasar por la casilla de salida-

- Bueno, pero eso donde que...? -comencé a interrogar-

- Anda, tío, no seas así, cambiar un poco de rollo te vendrá bien, además, allí están unas amigas mías Lucy acababa de interrumpirme. Y de nivelar la balanza. A su favor, para más señas.

- Ok, vamos! -Concluimos Chuso y yo, y esta vez al unísono.

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El camino para llegar a "La Paralela" se componía de una serie de tortuosos y laberínticos callejones de apariencia casi clónica, que en un momento de paranoia harían desisitir al más compuesto y darse media vuelta. Tras las chanzas de rigor, el grupo se dividió en una suerte de estructura tribal: por un lado íbamos Chuso, Martín y yo, sopesando dónde quedaría aquello -así de pobres fueron las explicaciones que nos dieron acerca de la ubicación del sitio- y qué de cierto había en las promesas de Lucy; por otro, unos pasos más adelante, Xavi y su chica, casi con total seguridad sentando las bases de una pelotera enconada y de funestas consecuencias; por último, en vanguardia, Lucy, con la prestancia del gurú que está llevando a sus feligreses a una suerte de tierra prometida. Jalonaban el camino fugaces apariciones de hippies y demás elementos alternativos que, era de esperar, se encaminaban al mismo paradero que nosotros.

Poco a poco, las calles grisáceas se iban desdibujando y el paisaje se iba volviendo más conocido para mí. Estábamos bordeando los Jardines del Prado de San Sebastián, en la acera opuesta a la estación de autobuses, ¿Qué clase de garito podía ubicarse en esas latitudes? Mis reflexiones se vieron interrumpidas por la prosaica realidad del momento:

- Tíos, que me meo, aguantarme la botella.

Era Martín, siempre tan apropiado, dispuesto a desahogar su carga sobre las rejas del parque. Esta vez su proverbial tendencia a los conflictos pareció darle esquinazo, ya que pasaron por la zona como cuatro coches patrulla, a escasos metros de distancia, sin que ningún agente se dispusiese a hacer una redada en aquel improvisado mingitorio.

Los demás habían seguido su camino, su paso era inexorable; su ritmo, cardíaco, parecía que llegar a aquel garito era la llave, la salvación, el refugio definitivo. Lucy le ponía especial empeño, uno casi se imaginaba la línea de meta en la entrada del local ante semejante sprint.

A medida que iba sumando pasos me iba haciendo una idea más clara de dónde estaría situado el sitio ¡Pues claro! No quedaba otra, sería en uno de los pequeños edificios rectangulares colindantes al parque, aquella explosión de ladrillo simétrica que dio cabida a bares en los fastos de la Expo '92 y que, como todo lo que rodea a lo que un día fue Exposición Universal, estaría carcomido por la dejadez y el olvido. Afinando más, y siguiendo con el espíritu conceptual de la noche, sería otro sitio okupado, con el mismo ambiente, con la policia rondando, con... Ch-ch-changes!

Una vez llegados a la puerta, las cartas se pusieron boca arriba: Lucy había entrado como un huracán sin decir ni hasta luego, y Xavi e Irene se hallaban envueltos en una discusión llena de reproches y trapos sucios, de esas que dan ganas de arrellanarse en el suelo con un bloc de notas y contemplarla con calma, poniendo buen cuidado de que no te salpique todo el veneno que se están soltando. Entonces, Chuso se interpuso en mis fantasías para sentenciar:

- Tíos, me parece que se entra por lo que fue el baño.

Y no erraba el hombre. La entrada daba a una gran estancia de piso de loseta blanco y luz de hospital, coronada de ruinas de urinarios -apenas unas piedras- y habilitado como parking de bicis -encadenadas a las cañerías- y, lo más alucinante, tenderetes de chapas colocados en el mismo suelo! El hecho de ver a decenas de personas comprobando el género de cuclillas cuándo no directamente agachadas en semejante nido de bacterias confirmó unas cuántas cuestiones que me rondaban desde hacía un rato  a la vez que planteba una nueva de cierto calado "Y aquí, ¿dónde se mea?". Tras las dudas existenciales de rigor, era tiempo de abandonar el hall de ominoso pasado y abordar la entrada.

3,2,1...Blam!


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 Una vez la puerta se cerró a nuestras espaldas pude constatarlo: El lugar era un delicioso montón de nada, la clase de paraje en el que es imposible divertirse, cualquiera sea la extensión del término. Pese a que fue bar, de los de menú del día en marquesina de plástico, la estética era más de gimnasio de colegio dónde se celebra la fiesta de fin de curso: En miniatura, eso sí; Suelo de parqué, luces halógenas y una pequeña tarima en la que un tipo está pinchando reggae y dubstep. Un montón de gente amuermada campa por la "pista de baile", con pinta de haberse dado un atracón indecente de marihuana. En esas reaparece Martín, quién,sin ni tan siquiera fingir asombro, anuncia:

- El Xavi y la otra se han pirao, vaya dos. Como sigan en ese plan...

 Cuándo estoy a punto de terciar y de plantear que aún hay tiempo para poner en pie una noche en la Alameda, oigo la voz de Lucy. Cortando, para variar:

- Chicossss, ¿Pero dónde estábais? ¡Cualquiera os encontraba! -Así era Lucy, una maestra en darle la vuelta a los acontecimientos, aunque estos hubiesen sucedido hace menos de veinte minutos-

Venía con las chicas. Si por chicas entendemos a un par de maromos de ominoso aspecto, inciertas intenciones y rostros desencajados por la priva low cost que se estaban pimplando. A falta de algo mejor, oteo la sala; Creo ver a una mujer que me interesaba de antiguo, alguien cuyo volumen de apariciones es inversamente proporcional al interés que en mí despierta, fijo la vista. Nah, no es ella. Ni de coña.

Chuso ve mi gesto, entre retraído y melancólico, y hace por reconvenirme:

- Anda, vamos a pedir algo, que aquí los precios son una ganga.

Nos aplastamos a la barra y pedimos unas cervezas, a cincuenta céntimos la pieza. Manteniendo el tono conceptual de la noche, la nevera de la que se extraen los botellines es un contenedor de basura relleno de barras de hielo, que, en palabras del camarero, "está recién lavao". Sórdido y práctico. Brindamos en honor de las escrupulosas medidas de higiene del lugar y, antes de que pueda finalizar mi trago, Chuso ha apurado su botellín.Se dispone a pedir otro. Tras un instante de repudio, termino por seguirle, así como por consagrar la calderilla que tintinea en mis bolsillos al innoble, pero a todas luces necesario, acto de colocarse con prisa y sin pausa.

Pasan las rondas. De las cervezas hemos pasado a los cubatas, y de ahí hemos vuelto, cual hijos alcohólicos pródigos, a la cerveza. Queda la duda razonable de si lo que nos decían que era whisky -a dos pavos el chute- era un líquido pensado para consumo humano o si por contra se trataba de una suerte de desinfectante que pedía ser vertido sobre la estancia a viva voz. El aire está viciado hasta lo indecible. El humo -todos los humos- teje una espesa cortina que imposibilita ver el extremo opuesto del local. Las conversaciones parecen seguir esa tendencia, empastándose en un pegajoso barullo etílico, del que se desprenden ocasionales ráfagas de ingenio. Hay gente sentada en el suelo, gente en pie sobre la barra y constantes figuras que emergen y desaparecen entre la niebla. Me sorprendo hablando con alguien acerca de Johnny Cash, a la vez que intercambio miradas más o menos intencionadas con una chica de estética pin up, similar a la que me interesa, pero no tan cautivadora. Un grupito cercano intenta enredarnos en uno de esos estúpidos juegos verbales para colocarse en un tiempo record. Les miro de arriba a abajo y concluyo que tienen ya una edad considerable para ser tan infantiles. Tras declinar córtesmente la invitación, oigo una voz, surgida desde el mismo núcleo del grupo, pero no visible:

- Joder, tío ¿Así pretendes divertirte? Venga, apúntate.-Una vez dicha su frase, la voz dió un paso al frente y se hizo tangible-

Era Lucy, cómo no. Pese a encontrarnos en una franja de edad más o menos similar, ella estaba en esa fase. Sí. Ese estadio vital en el que todo han de ser acciones desmedidas: Sexo sin filtro, borracheras de coma etílico y caprichosa experimentación barbitúrica. Para ella, era inconcebible que otro ser humano hallase más interesante una conversación, del tipo que fuese, que el acto de emborracharse de manera mecánica, sin seguir más pautas que las que ofrecen las simples normas de un juego pueril. Me hacía cargo de su situación, por lo que, sin descomponer el gesto, repuse:

- Ya sabes, Lucy. No todos podemos ser el alma de la fiesta, como tú- La ironía de mi tono le hizo torcer el gesto brevemente a Lucy. Ella se sentía genuinamente eso mismo, ejercía de eso. Era la eterna relaciones públicas, la chica que entraba a un garito y conocía a todo el mundo desde la entrada hasta la barra. No admitía observaciones sobre su savoir faire.

- Será eso, porque desde luego tu...

 El contenido de su salva era lo suficientemente predecible para que decidiese darle un poco de su propia medicina y la dejase con la palabra en la boca, mientras me aventuraba a dar con el mingitorio más próximo que encontrase a tiro, estuviese o no habilitado para tal fin. 

El camino se intuía accidentado y de una caprichosa orografía conformada por vasos, litronas rotas y charcos de incierto origen. Encomendándome a Dios y al Diablo fui dejándome guiar por intuición, abriéndome camino entre aquella masa humana, atisbando estampas de todo tipo más allá de lo que la humareda me dejaba ver: Reyertas narcóticas a cámara lenta, sexo furtivo, gente situándose en apartes con fines no por inconfesables menos obvios... Iba observando, hasta que una parte del paisaje tomó visos de corporeidad, y dirigiéndose a mí dijo algo así como:

- Bruaschuleishjartiom!

El tío era para verlo, un monumento a la degradación a la que puede conducir ser un punk  a tiempo completo. Parecía sacado de una camiseta de los Exploited: Cresta hasta las estrellas, cinturón de balas, chalequillo parcheado hasta el infinito y más allá ,frisando la cincuentena. Visto que la comunicación verbal había fracasado por completo, el tío se aprestó a sacar una papela de dimensiones obscenas del bolsillo interior del cuarteado chaleco, acompañándolo con un gesto de los que no se prestaba a equívocos. Vaya, parece que Mr. Punk quería ponerse a tono, y con un chaval en edad de merecer: A veces no es oro todo lo que reluce. Le indiqué con un ademán que hiciese sitio y llegué a la toilete. 

El primer impacto al arrivar al "baño" no pudo ser más demoledor: El meódromo era una ducha situada en una habitación de dimensiones mínimas que hacía las veces de sala de espera. cuerpos sudorosos se agolpaban en torno a una chirriante cortina de color fucsia y algo más allá, en el interior del plato, se retorcían dos tipas borrachas que, en un poco esmerado afán por ocultar sus intimidades tras la cortina, consiguieron justamente el efecto contrario, rasgándola y mostrándose en plenitud, produciendo una estampa entre lo disgusting y lo erótico, que fue jaleada consecuentemente por todos los sátiros que se apretaban en el cubículo.

"A la mierda -me dije- voy a mear fuera"

Cuándo salí de aquella estampa intermedia entre el Fellini más decadente y las pelis de Pajares y Esteso, y mientras encaminaba mis pasos a la salida aquello sonó por primera vez.

- BLAM!

¿Movimientos sísmicos en Sevilla? Improbable. ¿Una bronca de inciertas consecuencias? Posible. ¿Un...?

- BLAM! BLAM! BLAM!   

En fin, al diablo, fuera lo que fuera aquella escandalera. Me dirigí a Chuso,que se encontraba en pleno extásis etílico, para alegrarle las pajarillas contándole el grotesco percance sucedido en el tigre.

- Chuso, no veas la mascarada que había en el meó...

- ESCUCHAR! LOS DE DENTRO! OS HABLA LA POLICÍA! -parecía que aquella noche estaba condenado a ser interrumpido por todo el mundo, no bastaba con el suplicio del hilo musical

Aquello distaba de ser una coña. El resuello metálico a través del altavoz, el sonido de sirenas que se pudo apreciar de súbito una vez apagaron la música (bueno, mira, eso lo agradecí) y aquellos golpes de mazo contra la pared, no se prestaban a equívocos. Chuso, veterano en estas lides, se aprestó a explicar a la audiencia más cercana:

- Bah, tranquilidad. Esto es pura rutina, con ir saliendo en orden y sin montar numeritos, aquí no pasa nada.

Martín secundaba sus palabras, aunque su mirada expresaba cierta inseguridad que contrastaba con la firmeza con la que brindaba su apoyo a Chuso:

- Sí, esto va a ser como lo de las otras okupas, lo más que nos va a pasar es que nos pidan el DNI. 

Dicho lo cual, nos encaminamos los tres, y algun crápula más (Sólo Dios sabe donde se había metido la díscola Lucy) hacía el hall-urinario-parking, dónde nos encontramos inmersos en el epicentro de una multitud con idénticas intenciones a la nuestra. Pero la policía no iba a ser el único obstáculo.No.

- De aquí no sale nadie! No hasta que negociemos unas condiciones dignas!

Oh, lo que faltaba. La gachí que llevaba surtiéndonos de alcohol toda la noche, una mujer madura de firmes convicciones perroflaúticas, quería sus 15 minutos de gloria (aunque aquello duró algo más) dandóselas de Juana de Arco frente a los maderos. Lo irónico del caso es que cada una de sus intentonas de negociación, efectuadas a voces a través de los muros, lo único que conseguía era embravecerlos más.

- Nos vais a garantizar que saldremos sin problemas?

- Sí, sí, sin problemas.

-  Podemos confiar en vosotros?

- Id saliendo ordenadamente y no habrá problemas -esto último dicho con poquísima confianza, la verdad.


- ... Nos iremos cuando os vayáis! -en tono triunfante-

- ...... 

Y vuelta a empezar.

Mediante éste sistema la experta negociadora había conseguido que se arrimasen al lugar tres coches de patrulla más y un par de furgonas (había un oteador apostado en una brecha que daba buena cuenta de todo lo que veía) mientras las paredes retumbaban cual si fuesen los clarines del día del juicio final.

- BLAM! BLAM! BLAM!

- Vamos, salir, se nos está acabando la paciencia.

- NO!!!!

Lo que había dentro de aquel vetusto urinario hace rato que habían dejado de ser personas. Eran, éramos, peones en el siniestro juego de una mujer resentida con el sistema contra un puñado de maderos deseosos de percibir una paga extra, que la feria estaba al caer y pagar la cuota de la caseta sale por un pico.

Aquello se estaba eternizando de mala manera y el proceso de negociación hacía tiempo que había pasado a un quinto plano. La muchachada se entretenía ironizando sobre la situación y aquello había devenido en una situación de precaria estabilidad. Sí tenían que entrar que entrasen, pero aquella brasa no era soportable por mucho más tiempo, pardiez. Hasta que vino el gran elemento revulsivo.

- Escuchadme! -Principió la rebelde sin causa, en situación de liderazgo junto a la puerta, encajada a cal y canto- Mi contacto me ha dicho que si tenemos a los monos en la puerta, es porque aquí hay... Un secreta!

Las palabras surtieron su efecto. Momento de silencio bovino en la sala, seguido de miraditas recelosas y, sobre todo de un, que-no-le-de-por-mí, porque aquello del contacto (un señor X que en teoría le acababa de telefonear) olía a chamusquina desde el minuto uno. Entonces, tras una espera de lo más efectista, la portavoz del gran meódromo empezó a abrirse paso hacia el grueso de la multitud, escrutando caras, cómo si le guiase hasta su objetivo una perfecta descripción anatómica.

Y entonces, se detuvo. A tiro de piedra de donde nos encontrábamos, todo sea dicho. Uno, terminó por ponerse en lo peor y fantaseaba con posibles 'pruebas de autenticidad' para salir del entuerto, pero cuando me encontraba hilando en mi cabeza la primera frase que diría (nada espectacular, alguna proclama del tipo, ¿cómo voy a ser madero, coño?) la lideresa ya me había dado la espalda. Se encaraba con un tipo menudo, con una esperpéntica camisa amarilla, gafas de vista y el pelo largo. La primera sentencia dirigida a él, no se perdía en florituras:

- Tú. tú eres el topo. 

-.....

- Si, no te hagas el tonto, que a mi no me la pegas, no te hemos perdido de vista en toda la noche - Aquello que era, ¿Una okupa o "1984"? -

- No sé de que me hablas- repuso con tranquilidad el tipo, manteniéndole la mirada-

- Claro que lo sabes, tío. Ahora mismo vas a llamar a tus amigos y a decirles que se lo tomen con calma.

- ¿Pero qué me estás contando?- espetó el imputado alterando sutilmente el tono de voz, a la vez que se escabullía unos pasos más atrás, ante la atenta mirada de la otrora camarera-

Aquello produjo un apreciable revuelo entre el gentío, llegando a temerse de veras por la integridad del supuesto servidor de la ley. Hubo un espacio de tiempo, unos treinta segundos, en los que todo podría haberse salido de madre: El tipo estaba literalmente rodeado de miradas hostiles,en una proporción aproximada de 50 contra uno.De haber estallado la cosa el final habría sido rematadamente obvio. Pero había un cierto ánimo por parte del personal del bareto de que aquello no pasase, formando a su alrededor una sutil barrera que le permitió alejarse progresivamente del foco principal.

A un tiempo, la policía había comenzado a cargar con inusitada fuerza contra el muro, abriendo brechas y haciendo temblar el pequeño edificio, que empezaba a desprender ladrillos cual si fuese la sangre de un animal herido. La negociadora abandonó su pretendido rol de imperturbabilidad y les gritó:

- Tranquilizaos, por favor, solo dadnos un poco de tiempo!

Pero los guripas, lejos de amainar, la emprendían con mayor fuerza. Aquello se estaba poniendo relativamente feo, y todos los pelanas del lugar comenzaban a sentirse un poco como los tres cerditos aguantando las acometidas del lobo feroz, intercambiándonos caras de póker y constatando que, lo que es estructuralmente, el garito era una verdadera birria: Cuatro martillazos y parecía que había pasado el Katrina por allí, mon dieu.

Entonces, en plena de lluvia de cascotes y gritos de hostilidad proveniente de ambos lados del muro, se   produjo la epifanía. De súbito, los martillazos cesaron, y el silencio se hizo cada vez más patente. Entonces, el madero se hizo oír de nuevo, algo más relajado:

- Venga, id saliendo, no os haremos nada.

- De acuerdo, dadnos cinco minutos.

- Sólo cinco!

¿Qué había pasado? ¿El intrépido secreta se había atrincherado en la ducha/urinario para dar luz verde a una evacuación pacífica? ¿El madero de mayor rango había considerado que no era plan de arruinarse la feria y los plaqués de jamón a costa de zurrarle la badana a un puñado de undergrounds? ¿Los responsables del garito evacuarían aquello a título de perpetuidad? Quién sabe.

Fuera lo que fuera, la cuenta había comenzado y allí dentro se armó casi que más revuelo que durante el asedio.Había muchas cosas que esconder. Cualquier abertura, cañería o agujero se vió abocada a absorber cantidades impúdicas de barbitúricos. En el interín, me cruzé con Mr. Punk, al que el torbellino de acontecimientos le habían aclarado el verbo ostentiblemente:

- Tío, ¿dónde coño puedo tirar toda está mierda?-me dijo, con ojos de cordero degollado, blandiendo con reparo la papela que tan ufano me había mostrado tiempo atrás.

No era tiempo de arreglar las cuitas de aquel estancado en el boom del '77; la pesada puerta de plomo rojo se iba entreabiendo lentamente, dejando entrar el huracanado viento que peinaba las aceras. La mascarada iba tocando a su fin, mientras todo el mundo se agolpaba en la puerta e iba saliendo lentamente, hacia lo desconocido, ¿Qué nos depararía la calle?

... Blam!

La primera estampa que me deparó la recién recobrada libertad no pudo ser más tropical: El viento mecía las palmeras del parque contiguo, mientras una lluvia tibia como la sopa nos empapaba a todos, pobres pecadores. A nuestro alrededor, todo un parque de vehículos oficiales, ambulancia incluida (¿temían por la integridad de su infiltrado?) y la policía cumpliendo su promesa a medias, cacheando a algunos elementos contra la pared.

Chuso, Martín y yo apretamos el paso hasta alcanzar una mínima distancia prudencial del lugar de los hechos. A nuestro alrededor, gente largándose en cualquier medio y dirección. En esas Martín anuncia apresuradamente su marcha a lomos de una bici, siguiendo la estela de una de las chicas de Lucy, o sea, uno de aquellos maromos pasados de copas de hace un rato.

- Te lo tengo dicho, siempre que nos vemos pasan movidas! -Dijo, con una gran sonrisa-

- ¿Y qué sería de nuestros encuentros sin ellas?-Le contesté, guiñándole un ojo.

Ahora sí, Chuso y yo nos decidimos a apretar el paso sin remisión, la situación ya no ofrecía mucho más aliciente, más allá de ser cacheado frente a una pared o pescar un constipado. Y en ello estábamos, cuando oímos una voz a nuestras espaldas:

-¿Qué? ¿Os dan miedo los monos o qué pasa?

Era, sobran las presentaciones, Lucy, con su status autoimpuesto de antisistema al margen de la ley alcanzando picos históricos. Lo que para nosotros era un incidente anecdótico sin más, para ella representaba una suerte de acontecimiento épico, una prueba de militancia, la historia que contaría a los chicos del local de ensayo de al lado para demostrarles que ella era auténtica, como la que más. Chuso y yo nos miramos, sabedores de todo esto, y nos reímos: Mejor era dejarla con sus películas y no contestarle. 


Ahora sí, era tiempo de emprender el camino de vuelta....

- Clonk!

Vaya, la chica de Lucy, la guía de Martín, tan borracho como apresurado había patinado con su bici por el asfalto mojado, sufriendo una caída tan ridícula como aparatosa. Nos reímos, les hicimos un además con la mano, y emprendimos nuestro camino de retorno.

La vuelta discurrió en una suerte de silencio sosegado, nada incómodo. Cómo si diésemos por hecho que los acontecimientos de la noche hablaban más en nuestro nombre que las mismas palabras, mientras la llovizna nos calaba hasta los huesos. Yo miraba hacia el cielo, dejándome acariciar por las gotas, sabedor de que, a pesar de que no había sido una noche especialmente divertida, ésta acabaría por tornarse memorable, por merecer ser recordada alguna noche futura. Era, en definitiva, una de esas noches.

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